Artículo de opinión de Jon Ken Mizutani, psicólogo colegiado GZ2182
El ser humano es una máquina biológica extraordinariamente sofisticada, diseñada para adaptarse a las circunstancias del entorno y responder de manera eficiente a los desafíos de la vida. Sin embargo, en nuestra era actual, estamos sometidos a un ritmo que desafía nuestra biología, generando una serie de desajustes que afectan tanto a nuestro bienestar físico como mental.
Uno de los aspectos más críticos de este desequilibrio es la alteración del biorritmo hormonal y la incapacidad de gestionar adecuadamente las cargas emocionales debido a la activación crónica de sistemas diseñados para afrontar peligros agudos, no para un estrés prolongado (Sapolsky, 2004).
El organismo humano está preparado para responder de forma eficiente ante amenazas inmediatas, movilizando energía a la periferia para la acción y activando el sistema de protección. Sin embargo, cuando este sistema permanece encendido de manera continua, se genera un desgaste progresivo que afecta la capacidad adaptativa y bloquea la asimilación emocional, creando un estado de saturación que interfiere con el bienestar general (McEwen & Gianaros, 2011).
El biorritmo entre el cortisol y la melatonina: una danza hormonal alterada
Nuestro organismo opera en ciclos naturales que regulan funciones esenciales como el sueño, la energía y el estado de ánimo. Uno de los equilibrios más importantes es el que se establece entre el cortisol y la melatonina. En condiciones óptimas, al despertar experimentamos un pico de cortisol, que nos proporciona la energía necesaria para afrontar el día, mientras que la melatonina desciende. A lo largo del día, el cortisol disminuye progresivamente hasta la noche, momento en el cual la melatonina comienza a subir para favorecer el descanso (Boivin, D. B., Boudreau, P.& Kosmadopoulos, A., 2022).
El problema surge cuando este ciclo se ve alterado por el estrés crónico. En lugar de seguir un patrón de subidas y bajadas bien definidas, los niveles de cortisol permanecen elevados incluso en la noche, impidiendo el descanso adecuado y generando un aplanamiento hormonal. Este fenómeno tiene consecuencias profundas: agotamiento, ansiedad, dificultades cognitivas y una disminución de la capacidad regenerativa del organismo (Walker, 2017). Nuestro cuerpo, diseñado para gestionar el estrés agudo y puntual, no está preparado para una activación constante de la respuesta al estrés.
Los sistemas de la mente: protección y procesamiento
Así como el cuerpo tiene mecanismos reguladores, la mente opera a través de dos sistemas fundamentales: el sistema de protección y afrontamiento de desafíos y el sistema de procesamiento de información y digestión de emociones. En un contexto ideal, estos dos sistemas funcionarían de manera sincronizada, permitiendo afrontar los desafíos del día y luego procesar y digerir las emociones acumuladas (Porges, 2011).
Sin embargo, cuando el sistema de protección se mantiene activado de manera crónica, como ocurre en la sociedad moderna con sus múltiples exigencias, el sistema de procesamiento de información queda relegado. Esto significa que las emociones y las cargas mentales no son asimiladas, sino simplemente transportadas, acumulándose con el tiempo. La persona, en lugar de digerir sus experiencias, las arrastra como una mochila cada vez más pesada. Esto genera un desgaste progresivo, ya que se está utilizando un sistema inadecuado para manejar estas cargas (Siegel, 2020).
La trampa del estrés crónico y la incomodidad con el procesamiento emocional
La vida moderna, además de exponernos a altos niveles de estrés, nos ha acostumbrado a evitar la incomodidad. El acceso a comodidades tecnológicas y culturales ha reducido nuestra capacidad adaptativa, haciéndonos más vulnerables a los cambios y al malestar emocional. En lugar de permitirnos procesar las emociones en un espacio seguro, nos empujamos constantemente a seguir adelante, forzando nuestra energía a mantenerse en un estado de defensa (Bessel van der Kolk, 2014).
Cuando inevitablemente llega el momento en que el cerebro necesita cambiar de sistema y activar el procesamiento emocional, nos encontramos en un dilema. Si la persona está en un entorno donde necesita protección y afrontamiento, pero su cerebro intenta priorizar la digestión de emociones, se genera un conflicto energético que provoca caos interno, desorientación y sensación de falta de recursos (Schore, 2003). Esta es la raíz de lo que se podría llamar un “efecto limbo”, donde la persona siente que no puede ni avanzar ni procesar lo que ha acumulado.
El reto de restaurar el equilibrio
La solución a este problema pasa por tomar conciencia de la importancia de la regulación interna y del biorritmo. Es necesario permitir espacios de descanso y procesamiento emocional sin forzar al cuerpo a estar en un estado constante de protección. Algunas estrategias para lograrlo incluyen:
1. Respetar los ciclos naturales del cuerpo, asegurando una correcta higiene del sueño y evitando la estimulación artificial en la noche (Walker, 2017).
2. Aprender a identificar el sistema en el que estamos operando, permitiéndonos salir de la hiperactividad protectora para entrar en una fase de asimilación emocional cuando sea necesario (Siegel, 2020).
3. Crear espacios seguros para la introspección y el procesamiento emocional, ya que la mente necesita un ambiente de resguardo para digerir lo acumulado sin sentirse amenazada (Porges, 2011).
4. Reducir la exposición al estrés crónico, estableciendo límites claros y evitando la saturación de actividades que nos mantengan en estado de alerta constante (McEwen & Gianaros, 2011).
Estamos en una era de grandes desafíos, pero también de oportunidades para comprender mejor nuestro funcionamiento y recuperar el equilibrio. Si logramos sincronizar adecuadamente nuestros sistemas internos, podremos gestionar mejor las demandas del mundo moderno sin sacrificar nuestra salud mental y física. La clave está en no confundir resistencia con adaptación: no se trata de aguantar más cargas, sino de aprender a procesarlas inteligentemente.
Esquema general

Referencias
• Bessel van der Kolk, B. (2014). The body keeps the score: Brain, mind, and body in the healing of trauma. Viking.
• McEwen, B. S., & Gianaros, P. J. (2011). Stress- and allostasis-induced brain plasticity. Annual review of medicine, 62, 431-445.
• Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory: Neurophysiological foundations of emotions, attachment, communication, and self-regulation. W. W. Norton & Company.
• Sapolsky, R. M. (2004). Why zebras don’t get ulcers: The acclaimed guide to stress, stress-related diseases, and coping. Holt paperbacks.
• Schore, A. N. (2003). Affect regulation and the repair of the self. W. W. Norton & Company.
• Siegel, D. J. (2020). The developing mind: How relationships and the brain interact to shape who we are (3rd ed.). Guilford press.
• Boivin, D. B., Boudreau, P., & Kosmadopoulos, A. (2022). Disturbance of the circadian system in shift work and its health impact. Journal of biological rhythms, 37(1), 3-28.
• Walker, M. P. (2017). Why we sleep: Unlocking the power of sleep and dreams. Scribner.