Artículo de opinión de Jon Ken Mizutani, psicólogo colegiado GZ2182
Desde el nacimiento, los seres humanos somos 100% reactivos, 100% dependientes y 100% narcisistas. Estas características no son defectos, sino necesidades adaptativas esenciales para la supervivencia. Un bebé, incapaz de regularse por sí mismo, necesita que su entorno lo atienda y responda a sus demandas. Su única forma de garantizar esto es hacerse el centro del mundo: llorar, exigir, reclamar atención constantemente. No es una elección, sino una condición biológica (Tronick, 2007).
Sin embargo, la clave del desarrollo saludable no está en la reactividad inicial, sino en cómo se va atenuando a lo largo de la vida a través de la co-regulación con el entorno. Cuando esta regulación externa no ha sido suficiente o ha sido inconsistente, ciertas áreas de nuestra personalidad permanecen en estado de alta reactividad, alta dependencia y alto narcisismo. Esto tiene consecuencias profundas en la vida adulta, afectando la forma en que manejamos el estrés, las relaciones y nuestra capacidad de autorregulación (Schore, 1994).
La relación entre reactividad, dependencia y narcisismo
La ecuación es sencilla: si hay alta reactividad, hay alta dependencia y alto narcisismo (Kohut, 1971). Esto ocurre porque la reactividad es el indicador de que, en esa área específica, la persona no ha logrado desarrollar herramientas de autorregulación.
Si una persona reacciona con ira, miedo o tristeza de manera desproporcionada, significa que aún depende de los demás para regularse (Fonagy & Target, 2002).
Al depender de los demás para regularse, necesita que estos respondan a sus demandas, lo que la sitúa en el centro de la escena (narcisismo funcional, según Winnicott, 1960).
En la adultez, esto se traduce en una visión egocéntrica de las relaciones: los demás deben hacer lo que espero de ellos, y si no lo hacen, reacciono de manera desmedida (Twenge & Campbell, 2009).
Lo peligroso es que, a diferencia de un niño que está en proceso de desarrollo y no tiene escapatoria (pues depende de sus cuidadores y debe adaptarse a ellos para sobrevivir), un adulto con estas características puede evitar cualquier intento de calibración externa (Levy et al., 2011).
Aquí es donde surge el problema: si un niño es corregido con límites adecuados, puede modular su conducta y aprender nuevas formas de regularse (Siegel, 2012). Pero si un adulto nunca ha atenuado ciertas reactividades, en esas áreas seguirá funcionando como un niño, pero con recursos mucho más sofisticados para imponer su voluntad y evitar la regulación externa (McWilliams, 2011).
El problema de la reactividad neta en la adultez
A lo largo de la vida, algunas áreas de reactividad se van atenuando gracias a la co-regulación exitosa con el entorno, pero otras pueden permanecer intactas. Cuando llegamos a la adultez con una reactividad neta en ciertas facetas, significa que en esas áreas seguimos operando como niños dependientes y narcisistas (Schore, 2003).
Esto tiene tres consecuencias graves:
Las expectativas hacia los demás son rígidas y absolutas (Kernberg, 1975)
• La persona espera que el mundo cumpla sus demandas de la misma manera en que un niño espera que sus padres lo atiendan incondicionalmente.
• Si no recibe lo que espera, reacciona con ira, frustración o victimismo.
Desarrolla maniobras anti-calibrado para evitar la regulación externa (Cozolino, 2010)
• Un niño no tiene otra opción que adaptarse a los límites que le imponen sus cuidadores.
• Un adulto, en cambio, puede evitar a las personas que le ponen límites y rodearse de contextos que refuercen su reactividad en lugar de moderarla.
Se vuelve resistente a cualquier proceso de cambio o terapia (Levy, 2011)
• Como la regulación externa es percibida como una amenaza a su control, la persona rechaza cualquier intento de corrección.
• Puede desarrollar sofisticadas estrategias de manipulación para evitar ser confrontado.
Este último punto es fundamental: cuanto más tiempo pasa sin atenuar la reactividad, más difícil es modificarla (Porges, 2011). Mientras un niño no tiene escapatoria ante los límites impuestos por sus cuidadores, un adulto puede huir de cualquier intento de regulación. Esto explica por qué las personas con alta reactividad en ciertas áreas pueden volverse altamente resistentes al cambio, incluso en terapia.
¿Cómo se podría intervenir en estos casos?
Si entendemos que la reactividad en la adultez es un reflejo de una dependencia y un narcisismo no atenuados en ciertas áreas, entonces el camino hacia el cambio implica tres pasos esenciales (Siegel & Bryson, 2012):
Identificar en qué áreas sigue existiendo una reactividad neta
• ¿En qué situaciones reacciono con intensidad desmedida?
• ¿Cuándo siento que los demás “deben” hacer algo por mí y, si no lo hacen, me frustro intensamente?
Aceptar la dependencia en esa área y reconocer que se ha evitado la co-regulación
• En lugar de verlo como un defecto, comprenderlo como una necesidad que no fue cubierta en su momento.
• Identificar si he desarrollado estrategias para evitar ser calibrado por otros.
Crear nuevas experiencias de co-regulación
• Esto no significa depender de alguien nuevamente, sino exponerse a contextos donde la regulación externa sea posible sin resistencia.
• Buscar relaciones en las que existan límites saludables y aprender a tolerarlos sin escapar.
Este proceso no es fácil, porque requiere voluntad de reconocer los propios puntos ciegos y, sobre todo, estar dispuesto a ser calibrado, algo que muchas personas con alta reactividad evitan a toda costa (Schore, 2012).
Conclusión: La trampa del narcisismo en la adultez
El problema de la reactividad no es solo una cuestión emocional, sino una trampa estructural (McWilliams, 2011). Cuando un adulto sigue siendo altamente reactivo en ciertas áreas, eso significa que en esas áreas sigue siendo dependiente y narcisista.
Pero, a diferencia de un niño, ya no está obligado a adaptarse. Puede escapar de los límites, rodearse de contextos que refuercen su reactividad y evitar cualquier proceso de regulación externa. Esto convierte la transformación en un desafío enorme, porque cualquier intento de cambio será percibido como una amenaza.
La clave está en identificar en qué facetas seguimos operando con alta reactividad y aprender a aceptar la calibración externa en esas áreas. Solo así podremos romper el ciclo de dependencia y narcisismo oculto que limita nuestra capacidad de autorregulación y desarrollo personal.
Esquema

Referencias
• Cozolino, L. (2010). The neuroscience of psychotherapy: Healing the social brain. Norton & Company.
• Fonagy, P., & Target, M. (1997). Attachment and reflective function: Their role in self-organization. Development and psychopathology. 9(4):679-700
• Kernberg, O. (1975). Borderline conditions and pathological narcissism. Jason Aronson.
• Kohut, H. (1971). The analysis of the self. University of Chicago press.
• Schore, A. (2003). Affect regulation and the repair of the self. Norton & Company.
• Siegel, D. (2012). The developing mind: How relationships and the brain interact to shape who we are. Guilford press.
• Winnicott, D. W. (1965). The maturational processes and the facilitating environment. Hogarth press.